David Pérez, director de la carrera de Pedagogía Media en Historia y Ciencias Sociales UDP, reflexionó sobre el uso de la IA, el pensamiento histórico y la docencia
11 / 09 / 2026
Si le pedimos hoy a un modelo de inteligencia artificial que sintetice las causas del Golpe de Estado de 1973 en Chile, obtendremos en tres segundos un texto pulcro, bien estructurado y aparentemente neutral. Sin embargo, la máquina no “piensa históricamente”: no siente el peso ético del trauma social, no experimenta empatía ante la vulneración de los derechos humanos ni comprende las tensiones que aún cruzan a nuestra sociedad. La IA calcula promedios estadísticos del lenguaje, pero es incapaz de construir sentido.
De esta manera, la acelerada irrupción de la IA generativa vuelve a instalar una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿para qué sirve un profesor en el siglo XXI? Para quienes nos dedicamos a formar a los futuros docentes de Historia y Ciencias Sociales, el desafío es ineludible. Nos obliga a abandonar, de una vez por todas, la concepción anacrónica de la enseñanza basada en la memorización. Se trata de una inercia tradicional que ni tres décadas de reformas ni el discurso constructivista lograron erradicar del todo del aula.
Hoy, los motores de IA desplazan definitivamente el dato y la fecha como métricas del saber. Al liberar al docente del rol de mero “proveedor de contenidos”, la IA reclama lo que siempre debió ser prioritario: el desarrollo de habilidades complejas, como lo es el pensamiento crítico, y desde donde se puede, por ejemplo, enseñar a contrastar fuentes, detectar sesgos, analizar la multicausalidad y a evaluar la legitimidad de las narrativas, entre otras posibilidades.
Por primera vez en la historia, la mente humana opera como una fuerza productiva directa. Lo propio de esta época no es acumular información, sino aplicarla reflexivamente. En esa intersección, el 11 de septiembre de 1973 se vuelve un caso de estudio urgente.
Enseñar esta fecha en la era de los algoritmos exige pasar de la recepción pasiva del relato a la deconstrucción crítica del archivo. El verdadero aprendizaje histórico hoy no consiste en saber qué pasó ese día —dato que cualquier pantalla entrega al instante—, sino en preguntarnos desde dónde se relata, qué voces fueron silenciadas, cómo operan las narrativas negacionistas en el entorno digital y de qué manera la democracia se defiende desde la conciencia ética.
La Historia nunca ha sido un catálogo de certezas petrificadas, sino un terreno de disputa por la verdad y la dignidad. La Inteligencia Artificial puede clasificar el pasado, pero solo la mediación humana puede transformarlo en memoria viva y formación ciudadana. En un mundo donde los algoritmos redactan discursos y automatizan respuestas, enseñar a “pensar históricamente” dejó de ser una opción metodológica: es un acto de resistencia democrática para que el “Nunca Más” siga teniendo un sentido profundamente humano.
