Sin embargo, el agua volvió a buscar su camino y la imagen de la emergencia reapareció en el inconsciente colectivo de un país que guarda en su memoria cicatrices imborrables, como la de Tocopilla o el aluvión de la quebrada de Macul en 1993. Esto nos demuestra que el problema de fondo no radica únicamente en la gestión de la urgencia ni en la imprevisibilidad del clima, sino en una amnesia territorial mucho más profunda y antigua.
Esta amnesia nos lleva a olvidar que lo ocurrido no es un mero fenómeno natural, sino un hecho profundamente social y espacial. Construir en las quebradas, rellenar cauces históricos o expandir la mancha urbana sobre ecosistemas frágiles son decisiones humanas. Responden a un modelo de planificación -o a la abierta desidia de este- que ha priorizado la rentabilidad del suelo por sobre la lectura del paisaje. Como sociedad, seguimos reaccionando con sorpresa ante eventos que la naturaleza lleva milenios repitiendo en los mismos lugares.
Es aquí donde la enseñanza de la geografía cobra una relevancia urgente y transformadora. Durante décadas, la geografía escolar quedó relegada a un ejercicio memorístico y pasivo: recitar listas de ríos, listar capitales o calcar mapas mudos. Sin embargo, la geografía es, ante todo, una disciplina de pensamiento crítico. Nos enseña a comprender las interacciones entre los procesos físicos y las acciones humanas; a leer el territorio como un espacio vivo y dinámico donde cada ocupación del suelo conlleva consecuencias sociales, ambientales y éticas.
Formar a las nuevas generaciones con esta conciencia implica pasar de la mera descripción del entorno a la verdadera comprensión del espacio. Significa que un estudiante no solo reconozca qué es una quebrada, sino que entienda por qué es peligroso habitarla, cómo se gestiona el riesgo y qué responsabilidades tenemos sobre la cuenca que compartimos.
La ciudadanía del siglo XXI requiere herramientas para cuestionar el crecimiento de nuestras ciudades, exigir una planificación urbana sustentable y, sobre todo, aprender a habitar el territorio respetando sus límites naturales.
Los aluviones seguirán ocurriendo; la naturaleza se encarga de recordárnoslo año a año. La diferencia entre el desastre y la resiliencia no reside únicamente en cuántas máquinas despleguemos antes de la lluvia, sino en la capacidad de nuestra sociedad para comprender el espacio que habita. Educar en geografía no es un lujo académico: es una necesidad ciudadana urgente y una herramienta imprescindible para cuidar la vida en común.
